El nivel inicial, una etapa decisiva.
Frente a los cambios vertiginosos que se operan en el mundo de hoy, la escuela como institución se encuentra ante un delicado desafío: la búsqueda de equilibrio en un momento de transición entre rígidos parámetros y la promulgación de teorías nuevas. Teorías que a veces producen efectos contrarios a los que se proponen, provocando en el niño sentimientos de inseguridad y desprotección.
Muchos autores nos hablan de la importancia de los primeros cuatro años en la vida del hombre. B. Bloom considera que un cincuenta por ciento de la inteligencia se desarrolla en esta etapa, y Freud le asigna una trascendencia determinante en el área de lo afectivo.
De esta manera, la formación de una persona en aspectos tan fundamentales para su maduración como lo son el afecto y la inteligencia, están en manos de la familia y el jardín de infantes; del mundo seguro y conocido de la casa y del espacio cálido e integrador del jardín.
Este último tendrá entonces un compromiso ineludible: lineamientos claros, idoneidad, acuerdo de criterios, valores humanos, comprensión, aceptación de las diferencias individuales, son condiciones indispensables.
También cobra importancia el clima en el cual se ponen en juego estos aspectos. La alegría y la distensión favorecerán el contacto con los otros. Serán plataforma sólida para la amistad, la creatividad y el diálogo espontáneo en un medio comunicativo y flexible, rico en propuestas y objetivos claros, respetuoso del aporte de cada niño, su historia y sus experiencias.
El campo propicio para cultivar la inteligencia y la afectividad propone interactuar y descubrir. Los proyectos grupales permiten establecer vínculos y afianzan la integración. Cada niño ocupará un lugar importante dentro de su grupo. Aportará ideas, medirá sus posibilidades y limitaciones. Se hará solidario ante las dificultades y conocerá la satisfacción de contar con el otro.
El número de integrantes del grupo también tiene su peso. Si fuera demasiado numeroso será una lucha difícil para el niño hacer valer su palabra. Podría abandonarla y asimilarse a la voluntad de otros, sin participación. Un grupo demasiado pequeño verá empobrecida su experiencia al reducirse el aporte individual y sus particulares matices.
El número ideal de niños será aquel que permita al docente poner la mirada sobre cada uno de ellos, comprenderlo y conocerlo; percibir sus logros y sus dificultades. La escuela se convertirá así en aliada de los padres y juntos encontrarán momentos para evaluar la experiencia, hacer ajustes y seguir adelante.
Alejandrina Malenchini