· EL PADRE lo es por derecho propio, por elección, por asunción, por responsabilidad, por conciencia. No necesita demostrar ni certificar su paternidad para poder asumirla. La confirma cuando la asume.
· EL PADRE se hace con cada uno de sus hijos. Nace con ellos y renace una y otra vez a lo largo de cada experiencia, de cada vivencia, de cada encuentro y de cada desencuentro.
· EL PADRE siente orgullo cuando, observando a sus hijos, comprueba en ellos el milagro de la vida y se siente parte indivisible, artífice y artesano de ese milagro.
· EL PADRE sufre en los momentos en los cuales siente que las tormentas existenciales llevan a él y a su hijo por caminos distintos, desconocidos, irreconocibles, a veces opuestos. En los momentos dolorosos sólo puede aferrarse a una certidumbre: la paternidad es un camino de ida, es para siempre, y así como atraviesa el dolor y la oscuridad, volverá, mas tarde o más temprano, al espacio del encuentro, del contacto, del reconocimiento, del amor expresado.
· EL PADRE experimenta sentimientos, emociones y sensaciones que sólo un hombre puede registrar. Son manifestaciones de su masculinidad auténtica y profunda. No siempre necesita explicarlos y acaso no siempre haya modo de hacerlo.
· EL PADRE construye con su hijo una relación única y propia. Tiene para ello tiempo y espacio (su tiempo y su espacio). Inevitablemente, tiene ante él (y antes de él) modelos para esa relación, pero no está obligado a seguirlos.
· EL PADRE es un explorador, que va creando y descubriendo esa relación como una experiencia única de él y de su hijo, alumbrada por el corazón de cada uno.
· EL PADRE es sabio. Su sabiduría se alimenta de las vivencias de su paternidad única e irremplazable. No es el saber autoritario del que repite e impone mandatos recibidos automáticamente, sino la profunda sapiencia de lo vivido, que se transmite sin imposición, desde las actitudes, desde el relato, desde el respeto.
· EL PADRE es parte de un todo. Con la madre, con el hijo, con todos los padres, madres e hijos existentes, son células de un gran organismo que es la Totalidad de lo viviente. Cuando cuida el vínculo con el hijo y con la madre, con los otros hombres y con cada mujer, con sus hijos y con cada niño, EL PADRE vela por esa Totalidad y trasciende en ella.
· EL PADRE tiene una misión. Es la de preservar la nueva vida que sumó al mundo. Su misión es la de regarla sin ahogarla, la de guiarla sin apresarla, la de conducirla sin maniatarla, la de procurarle el espacio para que evolucione. El padre tiene una misión pero no necesita vivir como un misionero. Basta con que actúe con presencia y responsabilidad, de acuerdo con su leal saber y entender. Entonces permitirá que, a su vez, el hijo cumpla con su misión filial: la de permitirle al hombre que lo engendró que se encuentre con sus propias potencialidades afectivas y emocionales, que se instale en el mundo en un lugar amplio, integral e integrado, ese que quizá de otro modo no hubiera alcanzado.
· EL PADRE conoce el dolor y el goce. Durante la travesía de la paternidad atraviesa momentos de enorme regocijo, tiempos en los que se siente el ser más poderoso de la Tierra, instantes de orgullosa cosecha, circunstancias en que enfrenta satisfacciones insospechadas, alborozos inesperados. Tiempo en el que agradece a Dios, a la vida, a la Naturaleza, al Universo, a aquello en lo que cree o en lo que aprende a creer. Agradece la consagración de la paternidad. Y hay otros tiempos, en los que se siente desconcertado, incomprendido, no querido, olvidado. En muchos momentos siente impotencia, agobio, soledad, furia, fracaso, desconsuelo, tristeza ante su hijo que crece, que cambia, que adopta sus propios rumbos y conductas. Eso es también parte indisoluble de la paternidad. Aunque le cueste darse cuenta y admitirlo, esos sentimientos y sensaciones son también parte de su aporte al desarrollo de su hijo. Aún en esos momentos bastará preguntarle si elegiría nuevamente ser EL PADRE de ese hijo; él apelará a sus recuerdos, a sus vivencias y responderá: si. Porque el hombre que se hace responsable de su paternidad elige ser PADRE en el dolor y en la alegría, en la tormenta y en la calma, en la luz y en la oscuridad, en la salud y en la enfermedad de sí mismo y de su hijo.
· EL PADRE es simiente. Su semilla es mucho más, infinitamente más, que un dato biológico. Cuando con su cuerpo y con su savia siembra en el cuerpo amado y misterioso de la mujer con la que concibe al hijo, el padre se siembra. En su semen va su cuerpo, su carne, su alma, lo más sagrado de su ser. Si no lo sabe en el momento en que ocurre, tiene toda una vida y mil caminos para aprenderlo. Y para tenerlo presente. La travesía del PADRE: de su ser hacia otro ser.